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Félix, el árbol que quería un abrazo
En un parque cercano a mi casa vive un árbol grande, amable y silencioso. Desde su lugar podía ver cómo llegaban los niños a jugar fútbol, correr detrás del balón y reír hasta quedar cansados.
Cada vez que el parque se llenaba de voces, carreras y alegría, el árbol se sentía muy feliz. A veces llegaban perritos curiosos y le hacían pipí al lado del tronco. Eso le incomodaba un poquito, claro, pero él no se enojaba. En el fondo, lo que más deseaba era que algún niño se acercara, no solo a jugar cerca de él, sino a abrazarlo.

Un día cayó un aguacero muy fuerte. El cielo se puso gris, el viento sopló duro y las gotas golpearon sus hojas como si fueran tambores. El árbol se sintió confundido: por un lado estaba feliz, porque sus raíces tenían mucha sed y necesitaban agua; pero por otro lado se sintió triste al verse todo despelucado. Muchas hojitas se le cayeron, algunas ramas quedaron despeinadas y el suelo se llenó de pedacitos verdes. “Ay, qué pena que me vean así”, pensó. Pero la lluvia también le recordó algo importante: a veces, para volver a florecer, primero hay que recibir agua, sol y paciencia.

Al día siguiente, una mamá pasó por el parque con su hijo. Venía un poco cansada y sabía que acercarse a los árboles, respirar profundo y sentir su frescura podía ayudarle a calmar la mente y el corazón. Entonces vio al árbol, se acercó despacito, abrió los brazos y lo abrazó. El árbol se sorprendió tanto que casi le tiemblan las raíces. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando el niño miró a su mamá, sonrió y también abrazó el tronco. El árbol sintió una alegría inmensa, como si por dentro le hubieran nacido pajaritos cantando. “¡Por fin!”, pensó. “Alguien entendió que los árboles también acompañan, también cuidan y también necesitan cariño”.

Desde ese día, el árbol decidió ponerse muy bonito. Sacó todas sus flores, abrió sus ramas y se llenó de colores para recibir a quienes pasaran por allí. Los niños, al verlo tan alegre y cariñoso, decidieron llamarlo Félix. Otros niños vieron que alguien lo abrazaba y comenzaron a acercarse también. Uno lo abrazó después de jugar fútbol, otro antes de irse a casa, y una niña le dio las gracias por regalar sombra en los días de sol.
Entonces, entre todos, hicieron un letrero y lo colgaron con cuidado en una ramita baja. El letrero decía: “Doy abrazos gratis”. Y desde entonces, Félix no fue solamente un árbol más del parque: se convirtió en el amigo silencioso que enseñó a los niños que la naturaleza también siente cuando la cuidamos con amor.

